Maestros en su lucha magisterial y simpatizantes del
movimiento Yosoy132 son bombardeados constantemente por
argumentos como “pónganse mejor a trabajar” entre otros muchos. A nadie, que
trabaja, le gusta ser afectado por una marcha. Violenta el derecho al libre
tránsito, genera estrés innecesario y tiene repercusiones en nuestra vida
cotidiana; en un país civilizado las marchas no bloquearían completamente las
vialidades, en un país justo no hay marchas.
Quien se ve forzado a marchar lo hace como última
oportunidad para muchas cosas. Cuando los tres niveles de gobierno no escuchan
a su pueblo a este no le queda de otra más que manifestarse públicamente con
acciones que generen la atención tanto del pueblo como del gobernado, eso sólo
es posible con dolores de cabeza y obstruir vialidades es la que se ha aceptado
como “permitida” pues básicamente afecta más a la gente que al gobernado.
Sin embargo la marcha no es un día de campo. Su duración
implica un desgaste físico importante, ni el sol a plomo ni la lluvia cerrada
impiden su realización. Así de desesperante es la situación de quien marcha. En
su más degradante práctica (la política obvio) los marchistas aspiran a ser
acarreados desde su lugar de origen, marchar las horas para luego recibir el
lunch que mata el hambre de ese día.
Razones sobran, pero la prioritaria es que en México no hay
trabajo, así de sencillo. Desde el arribo del PAN el trabajo informal (que no
tiene prestaciones laborales por decirlo bonito) se disparó con éxito gracias a
la política de changarro impulsado por el aún presidente más ignorante de la
historia moderna. Los vagoneros, franeleros, taxistas piratas, choferes de
micro sin licencia, vendedores invasores de vía pública en todos sus sabores y
formas son ejemplos claros. No sólo no hay trabajo, sino el que hay es mal
pagado, y eso que no pasó la reforma laboral este año. Un egresado
universitario con sueldo de 7 mil pesos es garbanzo de a libra. Muchos de
estos “males” citadinos trabajan todos los días desde temprana hora y en
jornadas largas, al igual que cualquiera. El mexicano no le tiene miedo al
trabajo, pareciera que su gobierno vive aterrorizado en generarlo, menos
prestaciones, sueldos cada vez más bajos, mano de obra cada vez más barata para competir en
la globalidad es la receta desde hace dos décadas, sólo Calderón concibe la
realidad diferente, y sólo Carstens y compañía la justifican, para eso le pagan
ciertamente.
Nunca un problema tiene un origen simplón. Las marchas son
el recurso más desesperado para hacer que el gobierno escuche, se replantee y
cambie. Si no lo crees sigamos con atención a España, los mineros fueron los
primeros en radicalizarse y ahora hay una petición formal de juicio político
contra Mariano Rajoy. Al tiempo.

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